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En mi última vida, habría dicho que no.

No hay tiempo para esto y no hay espacio para aquello.

No, no puedo jugar a este juego ni recoger esas flores.

Quizás mañana pero hoy, la respuesta es no.

Las horas del día se me escapaban como el agua por la mano. ¿Ya era hora de dormir? Rápidamente de nuevo, arropo a los niños en crecimiento en camas cada vez más pequeñas. Cuando cierro la puerta, me siento aliviado de volver a mi más profunda satisfacción: el logro profesional. Agarro mi computadora y me siento en la ventana grande, donde el sauce observa.

Sus suaves dedos acarician el estanque mientras espera pacientemente mi atención. Cuando miro hacia arriba, dice: ‘Si no tienes cuidado, te perderás la gloria de tu propia vida’.

«Ahora, espera un minuto», empiezo. Déjame hablarte de toda mi gloria. Déjame contarte sobre mis éxitos, mis títulos y mis elogios.

Pero al sauce, a ella no le importa.

Ella solo llora.

No estoy seguro si era su queja o la mía. De cualquier manera, el dolor me lleva a una conexión más profunda con el poder. Y reflexiono.

Como neuropsicólogo, soy muy consciente de que el desarrollo más espectacular de su cerebro, realizado entre las edades sagradas de cero a cinco años, está llegando a su fin. En estos años tan maravillosos, cada segundo se forman más de un millón de conexiones neuronales. Esta noche, me pregunto: ¿He sido, en este pequeño lapso de tiempo, un administrador suficientemente bueno de esas innumerables conexiones?

Reflexiono también sobre la majestuosidad de la maternidad, el portal mismo de la vida humana. La investigación muestra consistentemente que el trabajo materno se subestima de forma rutinaria y, sin embargo, el poder de la maternidad es asombroso. Madres por la base neurológica de los adultos que crían.

Sobre todo, reflexiono sobre el poder total de la vida. La pura imposibilidad de todo: el hecho de que varios seres humanos salieron de mi vagina, que puedes amar y odiar cosas al mismo tiempo y que, por lo que sé, esta Willow podría salvarme la vida.

Bajo la luz de la luna preñada y la suave brisa de medianoche, el sauce comienza a bailar. De repente, recuerdo un recuerdo.

Sólo que no es del pasado.

Es del futuro.

Veo la imagen de ese niño, ese que duerme con un microscopio y pide atrapar luciérnagas, como un hombre. Una persona real que asiste a reuniones y dice cosas como: «Mamá, tendré que devolverte la llamada».

Como si su nuez de Adán se hubiera quedado atrapada en mi propia garganta, reprimí mi agravio.

Y esa pequeña niña, la que todavía no puede decir «y» y me pregunta si puede vivir conmigo para siempre, algún día estará lista para irse.

Este recuerdo del futuro me recuerda que nuestro tiempo es Ahora.

En este recuerdo, me entrego a la gloria plena de mi única vida santa. Al poder del ahora.

En las orillas del estanque debajo de las ramas del sauce, rezo por el poder más grande de todos: El poder de la rendición.

La magia sagrada del sí.

Y esta vez, cuando los niños preguntan cuándo podemos recoger flores, la respuesta es: «Hoy, bebés. Hoy».

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