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Fuente: Gabin Vallet/Unsplash

A principios de mayo, Arlana Miller, estudiante de primer año de la Universidad del Sur, se quitó la vida luego de publicar un mensaje alarmante en las redes sociales. Escribió sobre su historial de pensamientos suicidas y la presión que sintió como animadora universitaria que había sufrido lesiones en el pasado.

Su muerte ha sacudido el mundo del atletismo universitario, pero, trágicamente, no debería ser una sorpresa.

Entre marzo y junio de 2022, tres atletas universitarios de alto perfil se suicidaron además de la Sra. Miller: Katie Meyer, jugadora de fútbol de la Universidad de Stanford; Sarah Shulze, una de las mejores corredoras de la Universidad de Wisconsin-Madison; y Lauren Bernett, jugadora de softbol en la Universidad James Madison. Todas estas mujeres jóvenes fueron elogiadas por su destreza atlética pero, bajo la superficie, estaban luchando y no podían acceder a ayuda.

Gina Meyer ofreció pensamientos muy perspicaces sobre las tragedias en una entrevista realizada poco después de la muerte de su hija. Ella dijo: “Creo que hay tanta presión sobre los atletas, cierto, especialmente en ese alto nivel, equilibrando lo académico y un entorno altamente competitivo. Y hay ansiedad y estrés por ser perfecto, por ser el mejor, por ser el número uno”.

No hay duda de que muchos atletas se ven afectados negativamente por tal perfeccionismo, especialmente las mujeres jóvenes. La pregunta es: ¿Qué debe hacer el atletismo universitario para contrarrestar esta preocupante tendencia?

Lo que es más importante, deben implementar programas de evaluación de amenazas conductuales que identifiquen de manera proactiva a las personas con alto riesgo de suicidio y autolesión. Dichos programas están diseñados para identificar comportamientos de bandera roja y proporcionar intervenciones y apoyo enfocados. Las escuelas que ya cuentan con este tipo de programas deben buscar crear un enfoque específico en los estudiantes-atletas, informados por la experiencia específica en esta área. También deben asegurarse de seguir las mejores prácticas, como la utilización de equipos multidisciplinarios para identificar a las personas en riesgo. Además, las escuelas también deben trabajar para fomentar culturas en las que los estudiantes-atletas, tanto mujeres como hombres, sientan que pueden pedir ayuda sin penalización, repercusión o ridículo.

La buena noticia es que cada vez más atletas de alto perfil se han presentado para hablar abiertamente sobre sus propios problemas de salud mental, lo que ayuda a aliviar un estigma de larga data. En particular, la gimnasta Simone Biles y la estrella del tenis Naomi Osaka se retiraron de los Juegos Olímpicos y Wimbledon, respectivamente, citando cómo las presiones de sus deportes estaban afectando su capacidad para competir.

Después de retirarse, la Sra. Biles dijo: “Yo digo que la salud mental sea lo primero. Porque si no lo haces, entonces no vas a disfrutar de tu deporte y no vas a tener tanto éxito como quieres. Por lo tanto, a veces está bien incluso sentarse fuera de las grandes competencias para concentrarse en usted mismo, porque muestra cuán fuerte como competidor y persona es realmente, en lugar de simplemente luchar para superarlo”.

Este acto de valentía allana el camino para que más atletas jóvenes sigan su extraordinario ejemplo, priorizando su propio bienestar en lugar de exponerse a un mayor riesgo.

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