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Cuando lees las palabras «tranquilidad», ¿en qué piensas?

Después de décadas de trabajar como psicólogo clínico con licencia en la práctica privada y de estudiar lo que brinda verdadera felicidad a los seres humanos, sé que las palabras «paz mental» pueden significar diferentes cosas para diferentes personas.

Para algunos, la tranquilidad proviene de la aprobación de otros. Estas personas creen que si todos los aman y los consideran altamente, serán felices. Otros equiparan la tranquilidad con poseer posesiones materiales como automóviles, ropa cara o una casa fabulosa. Mientras que algunos están convencidos de que conseguir un trabajo superior, obtener un título universitario, encontrar a su alma gemela, tener hijos sanos o… como saben, la lista puede durar para siempre.

El hilo común que conecta todos los ejemplos anteriores es que se basan en circunstancias externas. Es decir, la tranquilidad en estos casos viene del exterior. Pero si es así, ¿por qué hay innumerables historias, pasadas y presentes, de personas que han logrado el objetivo externo que se fijaron pero que aún se sienten miserables? Piense en las celebridades que parecen haber alcanzado la cima de su éxito, pero se sienten infelices y se vuelven alcohólicas, adictas a las drogas o incluso se suicidan.

¿Y si te dijera que todo lo que buscas, todo lo que necesitas para vivir una vida verdaderamente maravillosa llena de paz y alegría, tienes acceso a ello, aquí y ahora… me creerías?

Sé que esto es cierto porque lo he visto en mi propia vida, así como en aquellos con los que trabajo en mi práctica privada. Alcanzar ese tipo de tranquilidad requiere una comprensión simple de cómo funciona su mente.

Cuando nacimos, nuestras mentes estaban libres de juzgar lo bueno o lo malo. Éramos pizarras en blanco que respondían a nuestras necesidades inmediatas como el hambre o la necesidad de dormir. Alrededor de los dos años y medio, nuestras mentes se volvieron más conscientes de nuestro entorno. Interpretamos nuestras experiencias como gustos y disgustos. Cuando interpretamos algo como agradable, pensamos: “Quiero más de esto. Cuando encontrábamos una experiencia desagradable, decíamos: «No quiero eso», y hacíamos todo lo posible por rechazarla.

A estos los llamo «pensamientos egoístas». Son la forma en que ves el mundo. Piense en los pensamientos egoístas como lo haría cuando se pone un par de gafas de sol. De repente, el color de las gafas influye en todo lo que ves. En el caso de los pensamientos egoístas, son las lentes las que nos hacen sufrir. Cuando digo «sufrir» no me refiero a cómo se siente cuando te quemas la mano en una estufa caliente. Más bien, estoy describiendo un estado mental generado por deseos y miedos: anhelo de dinero, de un alma gemela, de sabiduría, de confianza en uno mismo o de ser un ser despierto. Y el miedo a perder todo lo anterior si lo tiene, o nunca obtener lo que desea si no lo tiene.

Los pensamientos egoístas crean sufrimiento porque intentan controlar o cambiar todo lo que está sucediendo en este momento, en lugar de aceptar las circunstancias como son en el presente. Los pensamientos egoístas son una corriente interminable de comentarios mentales que califican las experiencias como buenas o malas, haciéndonos querer más de algunas cosas y menos de otras.

La clave es identificar los pensamientos egoicos por lo que son; son simplemente modelos desarrollados desde una edad temprana. Recordarle esto a medida que ocurren durante el día disminuirá su capacidad para causar dolor. Tenga en cuenta que incluso las experiencias positivas crean dolor porque queremos más o tememos que termine.

Con suficiente práctica, podrá experimentar una verdadera paz mental, sean cuales sean sus pensamientos. Desarmarás tus pensamientos egoístas de su capacidad de querer más o menos cualquier deseo o miedo que surja. En lugar de depender de circunstancias externas para traer felicidad, la paz mental vendrá desde adentro.

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