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La salud mental está ligada a la salud democrática.

Durante gran parte del siglo pasado, las olas globales de democracia dieron paso a sistemas de autogobierno que reemplazaron a las instituciones teocráticas de gobierno. Por medidas económicas y de salud, las personas que viven en una democracia tienden a ser más felices y saludables, y el éxito de una democracia puede medirse por la participación de una ciudadanía libre e informada. En los últimos años, una tendencia alarmante sugiere un declive de los sistemas democráticos a nivel mundial a través de riesgos externos (p. ej., guerras) e internos (p. ej., erosión de las libertades civiles). También existe una creciente preocupación por el impacto de la desinformación generalizada y el aumento de las ideologías extremistas tanto en la democracia como en la seguridad nacional.

Un informe reciente de The Brookings Institution explora la relación entre la salud mental y la democracia. Esta conexión es valiosa si queremos comprender los factores personales que pueden contribuir al odio y la polarización y, en algunos casos, a los comportamientos violentos entre individuos. Además, debido a que el individuo es la piedra angular de la democracia, el aumento de las tasas de afecciones de salud mental y psicológica, incluidas la adicción, la depresión y la ansiedad, puede representar un daño real para las instituciones democráticas dentro de los Estados Unidos.

Fuente: Nadine Kabbani

Áreas donde el cerebro y la democracia se superponen

La investigación sobre la interacción entre la democracia y la salud cerebral es un área creciente de interés mundial. Explícitamente, la salud del cerebro no es solo aptitud neurobiológica (es decir, enfermedad neurológica), sino también los procesos cognitivos, emocionales y subjetivos del individuo. Aquí hay cuatro áreas clave donde la salud del cerebro puede desafiar a la democracia:

  • El aumento de los conflictos y los desastres ambientales a nivel mundial son impulsores de la migración humana a gran escala que plantean importantes desafíos psicológicos, físicos y prácticos para los inmigrantes y las comunidades con un impacto inmediato y a largo plazo en las desigualdades sociales y económicas que pueden dañar la democracia.
  • Las enfermedades de desesperación, como el abuso de sustancias, la dependencia del alcohol y los pensamientos o comportamientos suicidas están aumentando en los Estados Unidos y presentan un problema tanto para la salud mental como para los sistemas de seguridad nacional. En el contexto de la democracia, estas enfermedades están asociadas con el aislamiento social y la reducción del compromiso cívico.
  • Un aumento en la desinformación global (información falsa) y la desinformación (difusión deliberada de información errónea) a través de los medios y las redes sociales socava aspectos clave del proceso democrático. Los datos sugieren que los más susceptibles son las personas que sufren de condiciones psicológicas y las personas vulnerables (como los adultos jóvenes), y la información errónea puede erosionar la confianza en los procesos democráticos como la votación.
  • Inadecuado apoyo a la educación, especialmente a la educación infantil, que juega un papel fundamental en el fomento del desarrollo cerebral y de las habilidades cognitivas. La educación enseña a las personas a interactuar con los demás y fortalece el discurso cívico.
  • Esfuerzos en curso

    Comprender la conexión entre la salud mental y la democracia no es trivial y requiere un análisis e inversión significativos. Una mejor comprensión de los mecanismos cerebrales que contribuyen a los sesgos de comportamiento, por ejemplo, puede ayudar a comprender la polarización de las opiniones y creencias personales. Las grandes iniciativas como la «Cuantificación y sincronización del comportamiento cerebral» de NIH BRAIN Initiative tienen como objetivo estudiar la actividad cerebral que se relaciona con los comportamientos en diversos contextos sociales y políticos. La Iniciativa de Riqueza Mental (MWI) desarrollada por el Centro Cerebro y Mente de la Universidad de Sydney en Australia está creando un índice de “Riqueza Mental” que examina las políticas de cada país para la salud económica y social de sus ciudadanos. Las estrategias para combatir la desinformación en línea a través de la infodemiología y la inmunología cognitiva pueden ayudar a desarrollar herramientas que salvaguarden el conocimiento y la precisión de la información. Junto con otras iniciativas, la política relacionada con el cerebro se ha vuelto necesaria para proteger la democracia.

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